martes, 30 de agosto de 2016

Nos alejamos


Keynes dijo: “Destruimos la belleza del paisaje porque los esplendores de la naturaleza, de los que nadie se ha apropiado, carecen de valor económico. Seríamos capaces de apagar el sol y la estrellas porque no dan dividendos.” Y cada vez nos alejamos más de impedirlo lo que al mismo tiempo causa un gran daño que me pregunto cuánto tardarán en cuantificarlo, si es que es posible. Maldita sea esa manía de cuantificarlo todo, ¿qué ocurre con la justicia, la equidad, el bienestar, la seguridad?


Cuando un ciudadano decide comprometerse con la sociedad en lugar de hacerlo a través de instituciones políticas lo tiene que hacer a través de organizaciones no gubernamentales como Greenpeace, Médicos Sin Fronteras, Human Rights Watch o Amnistía Internacional. Me pregunto, ¿los gobiernos están comprometidos con la sociedad? Si hay una razón por la que no acudimos a ellos es por la distancia que nos separa, ya que no nos identificamos con ellos. La política vive una gran etapa de decadencia por dos motivos: inutilidad y corrupción. Con echar un vistazo al telediario vemos que en realidad los políticos son una panda de vagos, pelotas profesionales y enchufados así como lo que prevalece es su interés particular para pagarse su sanidad privada, su seguridad privada y educación privada. Cuando falte dinero, subimos los impuestos, privatizamos la sanidad y reducimos la partida dedicada a educación y seguridad. Ah, y también privatizamos el transporte. Os voy a contar una cosa interesante, nos están vendiendo la moto cuando privatizan la sanidad y el transporte en aras de una mayor eficacia y eficiencia  y reducción del gasto. ¿Por qué? Básicamente,  son bienes públicos imprescindibles lo que permite a las empresas privadas incurrir en abusos y mala gestión, pues, en todo caso, vendrá el Sr. Estado a poner más dinero pero nunca a exigir responsabilidades lo que dista mucho de las competencias y obligaciones morales de los políticos actuales. En palabras de  Tony Judt: “Hemos de recuperarla confianza en nuestro instinto: si una política o un acto parecen erróneos, debemos hallar las palabras para decirlo. Según los sondeos de opinión, la mayoría de los ingleses temen la privatización indiscriminada de los bienes públicos: las  compañías de servicios públicos, el Metro de Londres, los autobuses locales y los hospitales regionales, por no mencionar las residencias de la tercera edad, la atención a los dependientes, etcétera. Pero cuando se les dice que el propósito de tales privatizaciones ha sido ahorrar dinero público e incrementar su eficiencia, se callan: ¿quién podría no estar de acuerdo?”

No hay identificación. Los políticos hablan de nosotros,  no nos conocen y no podemos responder. ¿Realmente, nos sentimos parte de algo? Y si se da el caso de que podemos participar, nos dicen que no entendemos. Somos herederos de un lenguaje político-económico arcano y sutil que sirve para tomar decisiones que nos repercuten, seguramente más mal que bien, sin que podamos rechistar. El sueldo de los políticos parece depender de que no nos entiendan, pues si diera el caso perderían  lo que ganan con la actual política al servicio del bien común.

¿Cuántas sociedades están satisfechas con la forma de gobernar y sus tomas de decisiones? No debemos reprimir este pensamiento, pues solo con una ciudadanía activa podemos lograr algún triunfo, de lo contrario toda democracia, que haya sido vaciada por la pasividad o desintereses de los ciudadanos, está condenada al fracaso.


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